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Labios de Trapo

EL DILEMA DE HAMLET

EL DILEMA DE HAMLET 1.- Un robot no puede dañar a un ser humano ni, por inacción, permitir que éste sea dañado.

2.- Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos excepto cuando estas órdenes entren en conflicto con la Primera Ley.

3.- Un robot debe proteger su propia existencia hasta donde esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Leyes.

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—Supongo que convendrán conmigo en que el percance ocurrido es grave... Tremendamente grave.

Las palabras del inspector gubernamental cayeron como un jarro de agua fría entre los presentes. De sobra sabían que el desgraciado accidente ocurrido tres días atrás forzosamente habría de acarrear consecuencia negativas para U.S. Robots y para ellos mismos, pero al fin y al cabo de la reacción del gobierno dependería poder seguir adelante o no con el Proyecto Hamlet... A priori cabía esperar que ésta fuera mala o peor, pero desgraciadamente el hombre que tenían frente a ellos se había decantado claramente por esta última. Así pues, densos nubarrones se cernían ominosamente sobre uno de los proyectos más importantes de la historia de la poderosa compañía.

—Pero si todo se debió a un desgraciado accidente... —balbuceó con voz apagada Antonio Jiménez, responsable máximo del proyecto— No se puede enjuiciar a todo un trabajo de años tan sólo por un acontecimiento puntual.

—Eso es precisamente lo que deseo investigar. —respondió su hierático interlocutor— Cierto es que no podemos culpar a una fábrica de automóviles de que uno de ellos atropelle a una persona, pero sí tendríamos que intervenir si por un defecto de fabricación empiezan a fallarles los frenos a todos. ¿Me explico?

—Perfectamente. —gruñó Susan Calvin, tan fría como el responsable gubernamental— Pero tras haber realizado una investigación interna cuyos resultados tiene usted en su poder —y al decir esto señaló con la mirada la abultada carpeta de tapas negras que yacía en la mesita central— hemos llegado a la conclusión de que no ha existido negligencia alguna en el desarrollo del prototipo, y que en ningún momento han sido violados los estrictos controles de seguridad impuestos por la compañía. El proyecto Hamlet era y es completamente seguro, por lo que coincido con mi colega en opinar que este accidente sólo puede ser atribuido a la casualidad...

—¡Pero un humano ha muerto a manos de su robot! —por vez primera su inquisidor demostraba tener reacciones humanas— ¿Les parece suficientemente grave este atentado contra la Primera Ley de la Robótica?

—No está tan claro que haya sido violada. Precisamente el proyecto Hamlet... —osó interrumpirle Antonio Jiménez.

—El señor Jiménez no ha querido decir literalmente eso, —se apresuró a rebatir Alfred Lanning, tercer miembro de U.S. Robots presente en la reunión y superior jerárquico de los otros dos— sino que las ecuaciones modificadas con las que se diseñó el cerebro positrónico del prototipo Hamlet-1 mantenían con toda su intensidad la prohibición absoluta de causar daño a cualquier ser humano.

—Pero lo causó. Bien, dejemos esto por ahora. ¿Dónde está en estos momentos el prototipo?

—En nuestros talleres, por supuesto. Pero ahora no es sino un inservible montón de chatarra, ya que su cerebro positrónico quedó totalmente destruido inmediatamente después de ocurrir el... ¡hum! accidente, abrasado por el potencial negativo de la Primera Ley. Lamentablemente, esto nos va a impedir realizar un estudio psicológico del mismo.

—¿Está... muerto?

—Completamente. Por supuesto podríamos instalarle un cerebro positrónico nuevo, pero ya se trataría de un robot completamente distinto.

—¿Tienen más prototipos?

—Montados y conectados, no. Pero sí contamos con otro cerebro completamente terminado que no tuvimos tiempo de instalar en un cuerpo.

—Bien, tanto ese cerebro como los restos del robot asesino quedan incautados. Ordenen que sean trasladados a mi nave en presencia de uno de mis oficiales; ambos serán enviados a nuestros laboratorios federales para ser sometidos a estudio. Sí, ya sé que no vamos a encontrar nada que no hayan descubierto antes ustedes; —se interrumpió conciliador al observar los ceños fruncidos de sus forzados anfitriones— Pero la ley es la ley, y yo me veo obligado a aplicarla por más que personalmente esté convencido tanto de su capacidad como de su buena fe. Eso sí, también me veo obligado a recordarles que toda actividad relacionada con el proyecto Hamlet deberá quedar automáticamente interrumpida hasta que la investigación oficial no esté terminada. Mientras tanto, les agradecería que me informaran de cualquier descubrimiento que hagan y que estimen digno de interés; en lo que a mí respecta, me mantendré en contacto con ustedes. Y ahora, si me lo permiten, me retiraré para organizarlo todo.

El proyecto Hamlet, del cual había sido promotor el joven Jiménez, era uno de los más ambiciosos que jamás hubiera desarrollado U.S. Robots. Tras vencer una gran cantidad de reticencias y suspicacias a todos los niveles, no todas ellas ajenas al origen hispánico de su apellido, Jiménez pudo empezar a cantar victoria el día en que Susan Calvin, la respetada robopsicólogo jefe, se contagió de su entusiasmo. Desde el punto de vista teórico el interés estaba más que justificado, ya que la modulación del potencial de las Tres Leyes postulada por el ingeniero permitiría obtener unos cerebros positrónicos más flexibles, más humanos en definitiva.

—Fijémonos en las limitaciones que supone la imposición de las Tres Leyes a los cerebros positrónicos. —acostumbraba a decir para defender sus planteamientos— Se trata de unas órdenes rígidas y absolutas que el robot se ve obligado a obedecer en cualquier momento y bajo cualquier situación. No hay excepción alguna y el robot lo sabe, lo cual puede conducir en algunos casos a situaciones aberrantes en las que el robot se verá forzado a actuar de una forma que cualquier humano tacharía de incorrecta, pero que él tiene que seguir por culpa de la imposición de las Tres Leyes. Estas situaciones antinaturales suelen producir, además del perjuicio directo provocado por una incorrecta actuación del robot, daños que a menudo son irreparables en su delicado cerebro positrónico. Cuántos millones se pierden al cabo del año por culpa de esta absurda limitación es algo sumamente difícil de calcular, pero en todo caso resulta ser una suma muy elevada.

»Imaginemos —continuaba— la cantidad de trabajos útiles que un robot no puede realizar por la imposición de la Primera Ley. Por ejemplo, la cirugía. Un cirujano robot sería infinitamente más fiable que cualquier humano, pero no habría manera alguna de convencer a un robot para que infligiera la más mínima incisión a un paciente por más que supiera que ésta era necesaria para su posterior curación... Simplemente se negaría a hacerlo aunque se le insistiera en que de no hacerlo así el paciente fallecería. Tampoco podemos utilizarlos como simples médicos ni aun como auxiliares de los médicos ya que, ante la más mínima duda de que su diagnóstico pudiera estar equivocado, sus cerebros positrónicos quedarían completamente bloqueados.

»¿Y qué me dicen de su incompatibilidad con la policía? Ellos interpretan cualquier persecución policial como un posible daño a la persona perseguida, por lo que se han dado casos de robots que han obstaculizado detenciones de criminales creyendo erróneamente que los delincuentes corrían peligro de sufrir algún tipo de daño físico. Y si tropezaran con las víctimas de un accidente, en vez de optar por salvar primero a los heridos más graves como sería lo lógico, probablemente quedarían bloqueados sin poder actuar al pensar que salvando a determinadas personas estarían condenando a morir a otras; su cerebro quedaría probablemente destruido a causa de lo que sus circuitos interpretarían como una violación por omisión de la Primera Ley y, lo que es todavía peor, nadie sería salvado a causa de su irresolución.

—¿Me está proponiendo que construyamos un robot privado de la Primera Ley? ¿Está usted loco? —fue la airada reacción de Alfred Lanning cuando Jiménez le expuso por vez primera la idea— ¿Acaso quiere usted que se hunda la compañía?

Aunque audaz en sus planteamientos Antonio Jiménez no pretendía llegar tan lejos; las leyes que regulaban la construcción y explotación de los robots eran lo suficientemente estrictas como para disuadir a cualquiera de infringirlas. Lo que sí quería era dar un paso adelante sobre la a su entender conservadora y anquilosada forma de entender las sacrosantas Tres Leyes de la robótica.

—Por supuesto que no. —respondió a su superior— Pero estimo que las Tres Leyes, y en especial la primera, podrían ser aplicadas de una manera flexible y no con la rigidez con que se hace ahora.

—Explíquese, joven. —a pesar de su aparente inflexibilidad Alfred Lanning no podía disimular completamente su interés por una idea que intuía importante.

—Es sencillo. —el ingeniero comenzaba a paladear su éxito— Hasta ahora, vuelvo a insistir, las Tres Leyes habían sido inculcadas en los cerebros positrónicos de los robots de una forma completamente rígida. Cierto es que en algunos modelos especiales se modificaron los potenciales relativos de cada una de las Tres Leyes reforzando alguna de ellas en detrimento de las restantes, como ocurrió con los de la serie Néstor utilizados en la base Híper; pero en todos los casos el potencial de cada una de las Tres Leyes continuaba siendo fijo aunque estuviera modificado. Yo, por el contrario, propongo que se les aplique un potencial de rango variable que permita a los robots elegir entre dos decisiones distintas de forma similar a como lo haría un humano, optando por aquélla que consideraran la mejor o, en su caso, la menos perniciosa, sin condicionantes de ningún tipo y sin sufrir el menor daño físico en su cerebro.

A Lanning, en principio, no le pareció mala la idea y, probablemente, hubiera dado su aprobación de no mediar un importante inconveniente: El recelo con que la población del planeta miraba a los robots, recelo que se transmitía automáticamente a las autoridades de las que dependían. El resultado de todo ello era una normativa legal sumamente restrictiva que controlaba estrechamente la actividad de U.S. Robots velando por que no se vulnerara ninguno de los mecanismos de control impuestos por la humanidad a unos seres, los robots, por los cuales sentía un profundo recelo cuando no una no disimulada hostilidad.

Por ello, y por su propia supervivencia incluso, la todopoderosa U.S. Robots se veía obligada a practicar una política totalmente conservadora en lo que a investigación y desarrollo de sus nuevos robots se refería. Bastantes problemas tenía ya con los pegajosos supervisores gubernamentales como para buscarse más; porque si una mínima modificación del potencial de la Primera Ley precisaba un peregrinaje por incontables despachos oficiales, ¿qué iban a pensar esos burócratas timoratos de un robot que pudiera discernir libremente acerca de la magnitud del daño a causar? Opinarían, sin duda alguna, que se trataba de algo potencialmente peligroso y que más valía que los robots siguieran teniendo terminantemente prohibido causar el menor daño activa o pasivamente a un ser humano, por más que esto les impidiera asimismo evitar un mal mayor.

Alfred Lanning era, por razones de su cargo, cauto y conservador. Por esta razón Jiménez nunca habría conseguido su objetivo de no haberse encontrado con un aliado de excepción: la robopsicólogo Susan Calvin, a la cual consiguió no sólo convencer sino también entusiasmar. A Susan Calvin no le interesaba en absoluto la construcción de un robot cirujano o un robot policía, ya que ni ella era ingeniero ni le preocupaban las consecuencias prácticas de un nuevo y revolucionario modelo. Pero lo que sí le fascinaba era la posibilidad de estudiar una nueva mente robótica infinitamente más flexible que las existentes hasta entonces, por lo que se volcó con todas sus fuerzas en apoyo del proyecto de Antonio Jiménez.

Y ocurrió el milagro. Lo que un oscuro técnico recién incorporado a la compañía no pudo lograr, lo consiguió la respetada y temida robopsicólogo jefe. Pero no fue fácil; a diferencia de Susan Calvin, a Alfred Lanning sí le preocupaban las cuestiones técnicas y las consecuencias legales del proyecto, por lo que temía con razón que la audacia del mismo acabara acarreando consecuencias negativas para U.S. Robots. Al fin, y tras un largo forcejeo, Susan Calvin y Antonio Jiménez acabaron saliéndose con la suya con una única e inexcusable condición; Que el gobierno terrestre aprobara sin reservas de ningún tipo el todavía no bautizado proyecto.

Para ello se procedió a maquillarlo convenientemente camuflando el libre albedrío parcial con que se dotaría a los nuevos robots dentro de un farragoso memorial con el que se intentaría convencer a los rígidos burócratas de los grandes beneficios que podrían obtenerse de un robot cirujano. Evidentemente, tanto Calvin como Jiménez tenían en mente algo mucho más ambicioso que un simple robot capaz de clavar un bisturí en el cuerpo de un paciente sin que se le achicharrara en unos segundos el cerebro positrónico; pero como cabe suponer, esto se lo callaron. Lanning también lo sabía o, cuanto menos, lo sospechaba, pero también calló discretamente; a pesar de su curtido pragmatismo, todavía quedaba algo de poesía en el fondo de su alma.

Fue una sorpresa para todos, y en especial para Lanning: Cuando en realidad nadie lo esperaba, alguien de muy arriba dio el visto bueno al proyecto; alguien al que probablemente le habría costado el puesto el posterior incidente. Pero eso entonces nadie lo podía prever, ni mucho menos Susan Calvin o Antonio Jiménez.

Éstos, por el contrario, celebraron su triunfo de la única manera que sabían: Poniéndose a trabajar de inmediato. Contando con todas las bendiciones de Alfred Lanning, que era como decir de U.S. Robots, no les costó ningún esfuerzo reclutar un nutrido grupo de colaboradores, todos ellos pertenecientes a la plantilla de la compañía, para encerrarse con ellos en un moderno laboratorio y abordar los primeros pasos de su ambicioso proyecto.

Éste, por cierto, pronto recibió un nombre propio. De acuerdo con la críptica nomenclatura utilizada por U.S. Robots para nombrar a sus prototipos, al proyecto de Jiménez le correspondían las siglas HLT, que pronto algún gracioso convertiría en Hamlet. Puesto que la figura del atormentado príncipe escandinavo inmortalizado por Shakespeare cuadraba ciertamente con el espíritu real del proyecto, el nombre sería rápidamente adoptado como denominación, si no oficial sí cuanto menos oficiosa, de los nuevos prototipos de robots que habrían de surgir de allí pocos meses después... Robots que, tal como se esperaba, disfrutarían de una especie de libre albedrío a la hora de aplicar las Tres Leyes de la Robótica a sus pautas de comportamiento.

Apenas habían pasado seis meses desde el inicio de los trabajos cuando Hamlet-1, primer prototipo de la nueva serie, se convertía en una realidad, algo realmente insólito en los anales de U.S. Robots a causa de su brevedad. Antonio Jiménez se había revelado como un excelente ingeniero provisto además de toda una serie de ideas revolucionarias, coincidencia ésta que no acostumbraba a ser demasiado frecuente. Por si fuera poco el resto del equipo había mostrado estar asimismo a la misma altura que su jefe, todo lo cual les había conducido hasta el éxito más rotundo en un plazo de tiempo increíblemente corto.

Cuando el cerebro positrónico de Hamlet-1 fue conectado por vez primera, el ambiente en el laboratorio era de extrema expectación a la vez que de contenida alegría. Por primera vez se hallaba presente Susan Calvin la cual, al no pertenecer al equipo técnico, había preferido no interferir con su trabajo mientras había durado éste. Pero ahora que Jiménez había terminado con su labor era cuando comenzaba la de Susan Calvin la cual, en su condición de robopsicólogo, sería la responsable del estudio del comportamiento del robots durante las primeras etapas de su vida.

Para alguien ajeno a U.S. Robots y a la robótica en general poco es lo que podría apreciar como excepcional, entendiendo como tal todo aquello de las pautas de conducta de Hamlet-1 que se desviara de lo que cabría esperar en un robot convencional; porque no sólo en nada se diferenciaba el cuerpo del prototipo del de cualquier robot corriente, sino que sus reacciones psicológicas propias y características de su revolucionario cerebro positrónico sólo podrían ser estudiadas gracias a toda una serie de sutiles y minuciosos estudios que ya habían sido preparados por Susan Calvin.

—No se esperen nada espectacular. —solía repetir una y otra vez a sus colegas— En circunstancias normales en nada se va a diferenciar Hamlet-1, en lo que a la forma de comportarse se refiere, de cualquier otro robot convencional, ya que sigue teniendo implantadas las Tres Leyes con su preciso orden de prioridad; y aunque sea capaz de ponderarlas, jamás podría ignorarlas ni desobedecer a una cualquiera de ellas por imposición de otra de rango inferior. La flexibilidad de su nuevo cerebro sólo podrá apreciarse sometiéndolo a situaciones excepcionales y por supuesto muy forzadas, precisamente aquéllas en las que un robot convencional se vería bloqueado, cuando no destruido, por la rigidez de las Tres Leyes que lleva implantadas en su cerebro positrónico.

Como casi siempre, tenía razón. Hamlet-1 se mostró, ya desde el principio de su existencia, como un robot en todo similar a sus congéneres... O al menos eso les parecía a todos excepto, claro está, a la propia Susan Calvin, la cual se mostraba completamente entusiasmada con su trabajo.

—Hamlet —decía, omitiendo siempre el ordinal— es maravilloso. Su mente es infinitamente más flexible, más humana que la de cualquier otro robot construido hasta ahora. Es increíble que nunca antes nadie se hubiera planteado una formulación de las Tres Leyes como la suya.

Claro está que todas estas apreciaciones eran producto exclusivo de las largas conversaciones mantenidas entre la robopsicólogo y el robot, puesto que la relación de este último con el resto de los miembros del equipo estaba limitada al mínimo imprescindible y, por ello, no podía ser más convencional.

Poco a poco Susan Calvin fue apretándole las clavijas, como decía jocosamente Antonio Jiménez. Evidentemente no podían someter al robot a experiencias reales pero sí lo hicieron a simulaciones cuidadosamente diseñadas, todas las cuales fueron resueltas con toda brillantez por Hamlet-1 a pesar de que en la misma situación cualquier otro robot se hubiera visto, cuanto menos, seriamente perturbado.

Todo se desarrollaba, pues, con el mayor de los éxitos cuando ocurrió la catástrofe. Una mañana, cuando Susan Calvin abrió la puerta del pequeño cuarto en el que se recluía al robot todas las noches, se encontró con un macabro espectáculo: Albert Schwartz, uno de los ingenieros adscritos al proyecto, yacía en mitad de un gran charco de sangre con la cabeza abierta en dos como si fuera una calabaza madura. A escasa distancia de él se encontraba el cuerpo inmóvil de Hamlet-1 con el puño derecho ensangrentado y el cerebro positrónico irreversiblemente destruido.

La reconstrucción de los hechos resultó sencilla: Albert Schwartz, provisto de una copia clandestina de la llave de la habitación, había penetrado en ésta con intenciones desconocidas pero en todo caso sospechosas, puesto que estaba terminantemente prohibido hacerlo a cualquiera que no fuera la propia Susan Calvin. Cómo había conseguido una copia de la llave que sólo poseía la robopsicólogo y qué había pretendido hacerle al robot eran preguntas cuyas respuestas se había llevado Schwartz a su tumba.

Fuese lo que fuese, lo cierto era que Hamlet-1 había reaccionado de la forma más violenta posible hundiéndole el cráneo de un certero puñetazo para, a continuación, ser él mismo víctima de su flagrante violación de la Primera Ley.

El revuelo organizado a raíz del macabro descubrimiento fue, como cabe suponer, mayúsculo. Jamás en los anales de U.S. Robots, que era como decir la historia de la robótica, un robot había cometido deliberadamente un homicidio; tratándose además de un modelo experimental en el que las Tres Leyes habían sido modificadas, la cuestión se agravaba todavía más.

Habiendo un cadáver por medio las posibilidades de ocultar el incidente eran evidentemente nulas; así lo entendió Alfred Lanning que, sintiendo cómo una pesada losa estaba a punto de caer sobre su cabeza, hizo de tripas corazón asumiendo la pesada responsabilidad de informar a las autoridades federales... Con los desagradables resultados que habían esperado o, por hablar con mayor precisión, temido.

—¿Cómo lo ve usted? —la conversación entre Susan Calvin y Alfred Lanning tenía lugar en el despacho de este último apenas media hora después de la partida del inspector gubernamental.

—¿Cómo quiere que lo vea? —refunfuñó ésta visiblemente irritada— Completamente negro. O mucho me equivoco, o el proyecto Hamlet es ya historia... Y todo por culpa del imbécil de Schwartz.

—No sea usted tan dura. —le recriminó Lanning— Si Schwartz no hubiera sido la víctima, podría haberlo sido cualquier otro... Quizá usted misma, que era la que pasaba más tiempo con el robot.

—Hamlet era completamente inofensivo. —se defendió Susan Calvin— Algo muy grave debió de hacerle ese maldito ingeniero para que reaccionara como reaccionó... ¿Sabía usted que ese Schwartz no era trigo limpio? ¿Que robó una llave y entró ilegalmente en el cuarto donde guardábamos a Hamlet? ¿Acaso piensa que fue allí para saludarlo?

—Tiene usted razón. Schwartz no era de fiar, y yo soy el primero en lamentar que permitiéramos su participación en el proyecto. Pero los hechos son como son y no podemos ignorarlos, por lo que tenemos que ceñirnos a ellos. Y la realidad es ésta: Tenemos un robot que ha matado a una persona, hecho éste que está taxativamente prohibido por la Primera Ley aun en los casos en los que corra peligro la propia integridad física del robot.

—¿Qué insinúa? —preguntó desconfiadamente Susan Calvin.

—Nada. Simplemente intento ponerme en la piel del inspector. Supongamos que Schwartz pretendía dañar al robot, quizá incluso destruirlo; éste, al sentirse en peligro, experimentó un gran incremento en el potencial de la Tercera Ley, tanto que por unos instantes éste rebasó a los de la Segunda y la Primera... Apenas unas décimas de segundo, pero lo suficiente no obstante para que el robot, enajenado mentalmente, reaccionara golpeando a su agresor. Inmediatamente después descubriría con horror que había violado la Primera Ley en su grado máximo, por lo que su cerebro positrónico no pudo soportar la tensión y quedó destruido.

—Imposible. —la voz de la robopsicólogo jefe de U.S. Robots era fría y cortante como un cuchillo— Por mucho que se reforzara el potencial de la Tercera Ley al sentirse Hamlet en peligro, jamás habría alcanzado un nivel superior al de la Segunda y, mucho menos, al de la Primera. Su argumento no tiene ni pies ni cabeza.

—Está bien. —gruñó Lanning, molesto por la falta de tacto de su interlocutora— No es a mí a quien tiene que convencer, sino a los leguleyos del gobierno. Así pues, más vale que vaya pensando en una buena excusa.

—¿Qué quiere que haga? —respondió ésta todavía más irritada— Yo soy robopsicólogo, y no tengo robot alguno que poder estudiar. Ni tan siquiera cuento con el segundo cerebro positrónico, ya que éste ha sido incautado por el gobierno.

—Apáñeselas como pueda, pero haga algo por evitar que este maldito asunto nos hunda a todos nosotros. Tengo a todos los ingenieros del proyecto revisando las ecuaciones de diseño del cerebro del prototipo en busca de un posible error... Probablemente esto no servirá de nada, pero al menos los mantiene ocupados. En cuanto a usted, quizá sería conveniente que revisara todas sus notas acerca de las pautas de conducta del robot con anterioridad al... ¡hum! accidente. ¿Tiene usted grabadas las conversaciones que mantuvo con él?

—Por supuesto. —si había algo que molestara especialmente a Susan Calvin, y le molestaban muchas cosas, era que alguien se atreviera a dudar de su trabajo.

—Bien, pues ya sabe por dónde empezar. Avíseme en el momento en que descubra algo que pueda parecerle interesante.

Susan Calvin estaba de un humor de perros. De sobra sabía, sin necesidad alguna de revisar sus notas o sus grabaciones, que nada en el comportamiento de Hamlet-1 habría podido predecir su comportamiento posterior... La Primera Ley estaba tan implantada en su cerebro positrónico como lo pudiera estar en cualquier otro robot convencional, y jamás el potencial de cualquiera de las otras dos Leyes, por muy reforzado que estuviera, habría podido anularla. Pero por otro lado Lanning también tenía razón: El robot había matado a una persona, y esto era tan insólito que le resultaba imposible imaginar cualquier tipo de explicación racional.

La robopsicólogo intuía que la clave de todo ello estaba en el sospechoso comportamiento de Schwartz justo antes del accidente, pero como éste estaba muerto nada podía aclararle acerca de los motivos que le hubieran podido mover a hacerlo. Se trataba sin duda de un buen embrollo, y lo peor de todo era que Susan Calvin se sentía incapaz de desenmarañarlo; ella era robopsicólogo pero no psicólogo y mucho menos detective; aún más, su misantropía innata, la misma que le había impelido a volcarse en el mundo de los robots como medio de evadirse de la para ella hostil sociedad humana, le provocaba una invencible repulsión hacia el problema que virtualmente le dejaba sin posibilidades de reacción frente al mismo.

Por otro lado, su irritación corría pareja con su tendencia a la inhibición, ya que para ella suponía un enorme mazazo que el desarrollo de una mente robótica tan revolucionaria como la del proyecto Hamlet se viera truncado por la aparente disfunción de su primer y hasta entonces único prototipo... No, Susan Calvin no podía permitir que tan magnífica idea se fuera al garete por culpa de unos estúpidos burócratas imbuidos por un ridículo complejo de Frankestein; no lo permitiría, y estaba dispuesta a luchar con todas sus fuerzas por impedirlo. Pero, ¿cómo hacerlo?

Algo en su interior le decía que la clave de todo estaba en la figura del fallecido Schwartz. Aunque su relación con él había sido muy superficial, Susan Calvin no ignoraba que este ingeniero no había sido precisamente popular entre sus compañeros, por decirlo de una manera suave. En realidad Schwartz, incorporado tardíamente al equipo y sin una misión definida, se había limitado a brujulear de un lado a otro entorpeciendo a todos e irritando a la mayoría. Por si fuera poco su carácter arisco tampoco había ayudado demasiado a su convivencia con el resto del grupo; y si decir que era odiado quizá resultara excesivo, lo cierto era que se hubiera visto con alivio, si no con agrado, su marcha.

Su único valedor había sido el propio Antonio Jiménez, que era quien acostumbraba a aplacar a sus irritados compañeros cada vez que éstos le expresaban sus quejas por alguno de los frecuentes incidentes provocados por Schwartz. Sin embargo, y a pesar de que Jiménez le defendía a capa y espada, no por ello mantenían buenas relaciones entre ambos, ya que la repulsa mutua era más que evidente y en nada difería de la que pudiera existir entre Schwartz y cualquier otro integrante del grupo.

La razón que pudiera justificar esta extraña relación entre los dos ingenieros era algo que a Susan Calvin se le escapaba por completo, pero de lo que sí estaba segura era de que, desaparecido el eslabón inicial, el que continuaba la cadena era precisamente el ingeniero jefe. Y aunque ni Susan Calvin era psicólogo ni jamás había pretendido serlo, los descartes previos le obligaron a mantener una entrevista con el propio Antonio Jiménez.

Esto no resultaría fácil ya que Jiménez era víctima de una seria depresión nerviosa; pero Susan Calvin necesitaba hablar urgentemente con él, y pocas cosas había en el mundo capaces de detenerla cuando se lo proponía. Por ello, y tras mantener una agria disputa con los médicos que cuidaban de él, la robopsicólogo consiguió entrevistarse finalmente con el ingeniero.

Antonio Jiménez era la imagen viva del fracaso, y hasta un espíritu tan curtido como era el de Susan Calvin no pudo evitar un sentimiento de conmiseración hacia el mismo.

—Señor Jiménez, yo quería decirle que siento enormemente lo ocurrido. —consiguió articular al fin.

—¡Ah, doctora Calvin! Todo está perdido sin remedio. —suspiró tristemente el ingeniero.

—Bueno, algo podremos hacer todavía; los resultados que hemos obtenido son demasiado importantes como para tirarlo todo por la borda.

—Seamos realistas; el proyecto Hamlet está acabado. Si se produjera un milagro y el gobierno no lo prohibiera, sería la propia U.S. Robots quien lo haría, ya que no creo que desee arriesgarse a verse involucrada en un nuevo escándalo.

—Sí, tiene usted razón al decir que el futuro no se nos presenta precisamente halagüeño; por ello, es fundamental que consigamos desentrañar la razón por la que Hamlet mató a Schwartz. Sólo así podremos demostrar que, pese a las apariencias, el robot no pudo violar la Primera Ley.

—¿Y cómo quiere usted que lo hagamos? —gimió Jiménez— Schwartz está muerto y el robot destruido, y se nos ha prohibido terminantemente construir ningún otro.

—Pese a ello, algo podríamos hacer. Es evidente que Schwartz planeaba algún tipo de sabotaje cuando tuvo lugar el accidente, por lo que resultaría sumamente interesante averiguar todos los datos posibles acerca de su vida.

—¡Pero está muerto! —insistió el ingeniero mientras una chispa de alarma asomaba en sus ojos.

—Sí, eso ya lo sé, pero supongo que alguien podría aportarnos algún dato de interés acerca de él.

—Esto va a ser difícil; —balbuceó Jiménez, ahora visiblemente alarmado— Schwartz se incorporó al equipo cuando éste ya estaba formado, y su carácter era demasiado hosco como para que pudiera tener amigos. Nadie del grupo le quería, y apenas si se relacionaba con ellos.

—Sin embargo, tengo entendido que usted era su valedor. —Susan Calvin comenzaba a disparar su artillería— ¿Acaso su relación con él sí era digna de mención? ¿Tuve usted algo que ver en su incorporación al Proyecto Hamlet? —esta última pregunta era un tiro a ciegas, pero surtió su efecto.

—Yo... —a Jiménez le costaba visibles esfuerzos hablar— Yo no tengo por qué responder a estas preguntas. Usted no es policía.

—Tiene usted razón en ambas cosas. —ahora que había cazado a la presa, Susan Calvin se podía permitir el lujo de recurrir a sus escasas dotes diplomáticas— Y no pretendo en modo alguno insistir en contra de su voluntad. Pero lo que sí quisiera recordarle es que ambos estamos en el mismo barco, y que si nos hundimos nos hundiremos juntos. Por el contrario, si confiamos el uno en el otro y nos ayudamos mutuamente, quizá logremos desenmarañar la madeja. Además, le puedo asegurar que guardaré una discreción absoluta de todo lo que aquí se hable.

—Está bien. —suspiró el ingeniero— De todas formas tarde o temprano se tendría que saber, y de cualquier modo mi carrera está terminada ya. Sí. —continuó, interrumpiendo a su interlocutora— Para mi desgracia yo conocía a Schwartz y me vi obligado primero a incluirlo en el proyecto, y posteriormente a defenderlo de las justas iras de sus compañeros, debido al chantaje al que me tenía sometido... ¡Pero le juro que yo no lo maté, ni ordené a Hamlet que lo hiciera!

—Eso es evidente, puesto que fue Schwartz quien buscó al robot, y no al contrario. —comentó Susan Calvin con displicencia— Pero continúe, si es que quiere hacerlo.

—Es una larga historia. —prosiguió Jiménez mordiendo el anzuelo— Todo empezó cuando estábamos en el último curso de la universidad. Schwartz y yo éramos compañeros de cuarto en la residencia y, aunque no llegábamos a ser amigos debido a su mal carácter, sí manteníamos cierta relación. Una noche fuimos a una fiesta que se celebraba en una localidad cercana, y allí acabamos emborrachándonos completamente. Cuando quisimos volver, descubrimos que había un buen trecho hasta nuestra residencia, era invierno y llovía intensamente. Como no teníamos coche ya que nos había traído un amigo, Schwartz propuso que tomáramos uno prestado (así lo dijo él) y lo usáramos para llegar a casa. Yo, estúpidamente, estuve de acuerdo.

»No nos resultó demasiado difícil coger uno que su dueño se había dejado con las llaves puestas. ¿Ha conducido alguna vez borracha? ¿No? —se respondió él mismo al ver la mueca de desagrado que había aflorado en el normalmente hierático rostro de la mujer— No lo intente; le aseguro que es una experiencia espantosa.

»A la salida de una curva un policía intentó detenernos. No pude esquivarlo y lo atropellé; cuando descendimos del coche pudimos comprobar que lo habíamos matado. El impacto de la situación hizo que las brumas que velaban nuestras mentes desaparecieran como por ensalmo. Yo quería que nos entregáramos a la policía, pero Schwartz no estuvo de acuerdo y, una vez más, accedí dócilmente a sus deseos. Incendiamos el coche y lo despeñamos por el vecino barranco en un intento de destruir posibles pruebas, y a continuación seguimos a pie hasta nuestro destino.

»Habíamos tenido suerte. Nadie nos vio ni coger el coche ni tampoco atropellar al policía ya que la carretera estaba completamente desierta, y nuestros amigos estaban tan borrachos que no recordaban cuando nos fuimos ni como lo habíamos hecho. Hubo una investigación policial, por supuesto, pero la falta de pruebas hizo que el caso fuera finalmente archivado sin que se inculpara a nadie, atribuyendo la policía el atropello a alguno de los numerosos delincuentes de poco monta que pululaban por esos parajes.

»Tan sólo Schwartz y yo sabíamos lo ocurrido, pero hicimos un pacto de silencio: Ninguno de los dos podría denunciar al contrario sin incriminarse a sí mismo, por lo que ambos lo respetamos por la cuenta que nos traía.

—Empiezo a comprender. —le interrumpió Susan Calvin— Continúe.

—Terminados los estudios, nuestras vidas se separaron. Yo ingresé en U.S. Robots mientras Schwartz, víctima de su mal carácter y de su escaso sentido de la responsabilidad, iba dando tumbos de un lado para otro sin parar el suficiente tiempo en ninguno. Sospecho, incluso, que debió de frecuentar compañías poco recomendables, pero carezco de pruebas que puedan demostrar esto último. Así, mientras yo consolidaba mi carrera profesional, él se hundía cada vez más en el fango hasta convertirse en un fracasado.

»Pasaron los años y me embarqué en el proyecto Hamlet. Ignoro cómo pudo ser, pero lo cierto es que él se enteró y vino a buscarme. Tras recordarme cínicamente nuestra antigua amistad, manifestó su sorpresa por lo bien que me había tratado la vida en contraposición a su azarosa existencia, para acabar pidiéndome finalmente que le incluyera en el proyecto.

»Intenté decirle que no de la manera más diplomática posible, pero al ver mi postura se quitó definitivamente la careta sometiéndome a un chantaje que yo no podía eludir: O le aceptaba como un miembro más del equipo, o daba a conocer lo que ocurrió aquella maldita noche de invierno. Él no tenía demasiado que perder, me dijo, por lo que en el caso de que los dos fuéramos detenidos sería yo con diferencia el más perjudicado. Además era yo, y no él, quien conducía en ese momento, por lo que mi pena habría de ser presumiblemente mayor que la suya.

»Me asusté mucho, lo confieso, y una vez más me rendí a sus dictados. Le prometí hacer todo lo que pudiera por que fuera admitido, y él me volvió a exigir su incorporación al proyecto como única alternativa a la denuncia. Ignoro si hubiera sido capaz de hacerlo, pero entonces lo creí así y por lo tanto obré en consecuencia.

—Y consiguió que finalmente fuera aceptado.

—Así fue, pero me costó un esfuerzo ímprobo ya que U.S. Robots no acostumbra a contratar personas ajenas a la empresa; pero recurriendo a toda mi recién adquirida influencia, y presionando a varios amigos que me debían favores, finalmente logré que Schwartz fuera contratado. El resto, ya lo sabe usted.

—Lo que vino a continuación sí, pero el final todavía no. —matizó ella— ¿Por qué cree usted que Schwartz intentó sabotear el prototipo?

—No puedo afirmar nada con total seguridad, pero sí tengo ciertas sospechas. —reflexionó el ingeniero— Un par de días antes de su muerte, Schwartz vino de nuevo a mí. Aunque en un principio se había conformado simplemente con formar parte del equipo, conforme pasaba el tiempo y el proyecto Hamlet se hacía realidad se fue volviendo cada vez más arrogante y ambicioso.

»"Jiménez —me dijo— el proyecto ha sido un éxito, y no es justo que seas tú el único que se lleva todos los honores". Su cinismo era aplastante. Así pues, me exigió que le presentara como codirector del proyecto en igualdad de condiciones conmigo, amenazándome una vez más con denunciarme si no lo hacía. Afortunadamente, por una vez supe sobreponerme y hacerle frente.

»"Denúnciame si quieres. —le respondí— Pero tú caerás conmigo, y ahora tienes tanto que perder como yo".

—¿Qué respondió? —Susan Calvin comenzaba a mostrarse claramente interesada.

—¡Oh!, en un principio se quedó parado, pero el muy desgraciado tenía todas las tablas que a mí me faltan. Sonrió cínicamente y me dijo que contaba con otro plan mejor para conseguir que se realizaran sus planes. Dijo que estaba en su mano conseguir que yo fuera expulsado del proyecto para, a continuación, ocupar él mi puesto: "No irás a la cárcel, —me dijo— pero hundiré tu carrera". A continuación volvió a pedirme, según él por última vez, que aceptara sus exigencias. Como me negué de nuevo, se marchó dado un portazo. No volví a verle hasta el día en el que apareció muerto.

—¿No le dijo en qué consistía su plan?

—Evidentemente no, aunque supongo que se trataría de algún tipo de sabotaje del prototipo. ¡Qué sé yo! Quizá provocándole un funcionamiento defectuoso, destruyéndolo incluso...

—Puede que usted no ande descaminado, pero yo me inclino a pensar que se debería de tratar de algo más sofisticado; un robopsicólogo experto es perfectamente capaz de hacer, sin más herramienta que su propia voz, que un robot se empiece a comportar de una manera anómala y aberrante, sin que nadie excepto él pueda ser capaz de devolverlo a su estado inicial.

—Pero Schwartz no era robopsicólogo...

—Ya lo sé; era ingeniero. Pero esto no impide que pudiera tener ciertos conocimientos de robopsicología; no demasiado profundos, por supuesto, puesto que fracasó completamente en su intento... Lo cual es una verdadera lástima, puesto que nos ha privado de poder contar con el cerebro de Hamlet-1.

—O en su defecto, con el del futuro Hamlet—2; —remachó el ingeniero— pero este último nos ha sido requisado... Claro está que ya no sería el mismo, ya que el Principio de Incertidumbre impide que dos cerebros positrónicos puedan ser exactamente iguales a nivel atómico.

—Pero las pautas básicas de su funcionamiento, que es lo que en realidad nos importa, sí serían similares. —respondió Susan Calvin, más para si misma que para su interlocutor— El problema no estaría aquí, sino en el hecho de que ignoramos qué le pudo decir Schwartz al pobre robot. No obstante, si yo contara con un cerebro positrónico idéntico, quizá podría hacer algunos estudios al respecto; pero de sobra sabemos que no lo tenemos, y que se nos ha prohibido además construir uno nuevo. Y con la complicidad de Lanning no podemos contar: Nos desollaría vivos antes que permitir que burláramos la prohibición del gobierno.

—Bueno, si usted dice que esto podría servir para resolver el caso, quizá yo pudiera hacer algo...

—¿Cómo dice? —la sorpresa de Susan Calvin era auténtica— ¿Acaso ha logrado escamotear a esas víboras un cerebro positrónico completo? ¡Dígame que sí!

—Sí y no. —era evidente que Jiménez no deseaba precipitarse— Fuimos completamente sinceros cuando dijimos al inspector que únicamente teníamos un segundo cerebro terminado, pero...

—¿Pero qué? —ver a la gélida robopsicólogo jefe de U.S. Robots tan excitada como lo estaba ahora era realmente algo excepcional.

—Bien, en todo proceso de fabricación siempre se produce algún elemento defectuoso, máxime si se trata de algo tan delicado como es un cerebro positrónico. Esto es justo lo que nos ocurrió con el primero que construimos, el cual resultó dañado de forma que no servía para nada... Era pura chatarra y su destino inmediato hubiera sido el crisol, pero primero por la excitación que produjo el éxito de Hamlet-1, en realidad el segundo, y luego por el problema del homicidio, lo cierto es que este cerebro desechado quedó arrinconado en el laboratorio sin que nadie se preocupara por él. De hecho, ni tan siquiera yo me acordaba de su existencia cuando mantuvimos la entrevista con el inspector.

—Y ese cerebro, ¿podría ser conectado?

—Como se hace normalmente, es decir, incorporándolo a un cuerpo de robot, rotundamente no ya que los circuitos periféricos que sirven de enlace entre el núcleo racional del mismo y los distintos sistemas sensoriales del cuerpo quedaron dañados irreversiblemente. Pero la parte central del mismo, la que es responsable del pensamiento del robot, estaba aparentemente intacta; claro está que nos hubiera servido de bien poco que el cerebro propiamente dicho pudiera funcionar perfectamente si no podíamos ensamblarlo en un cuerpo. Por esta razón, decidimos desecharlo.

—Yo no necesito un robot completo. —gruñó Susan Calvin— Me basta con un cerebro que sea capaz de pensar y que pueda comunicarse conmigo. ¿Es eso posible?

—La verdad es que no lo hemos intentado nunca, pero ahora que lo pienso quizá... Supongo que podríamos conectarlo a la terminal de un sistema informático. La comunicación sería exclusivamente por consola dado que los circuitos de reconocimiento de voz quedaron también dañados, pero creo que... Sí, merecería la pena intentarlo. —concluyó con entusiasmo.

—Inténtelo. —Susan Calvin volvía a exhibir su tradicional hermetismo— Y avíseme en cuanto haya terminado.

Minutos después el equipo médico se sorprendía de cómo Antonio Jiménez había superado al parecer su depresión poniéndose a trabajar como un poseso; pero por mucho que les intrigara, nunca conseguirían llegar a saber de qué manera lo había logrado.

Susan Calvin se encontraba sentada frente a una consola de ordenador que en nada se diferenciaba de cualquier otro terminal informático de los muchos existentes en el laboratorio... Porque realmente era uno de ellos. Lo que nadie, salvo Antonio Jiménez y ella misma, sabía era que ese terminal restaba asimismo conectado a algo muy particular, el dañado cerebro positrónico de Hamlet-0.

Antonio Jiménez había realizado un excelente trabajo teniendo en cuenta las dificultades de su labor y lo clandestino de la misma; pero al fin la había terminado y Susan Calvin podría ponerse en comunicación, por vez primera en su larga vida profesional, con un robot ciego, mudo y sordo pero no por ello privado de su capacidad de raciocinio. La experiencia era para ella tan apasionante que se sentía entusiasmada como una colegiala.

Las limitaciones de comunicación con el cerebro positrónico eran tan severas que tan sólo podría hacerlo a través del teclado y del monitor, es decir, igual que en la prehistoria de la informática... Pero para Susan Calvin esto era suficiente, por lo que recurriendo al sencillo lenguaje diseñado por Jiménez inició su diálogo con el mutilado robot.

—Hola, Hamlet. —tecleó con torpeza— Soy la doctora Susan Calvin. ¿Qué tal te encuentras?

Silencio. El cerebro positrónico tenía probablemente dificultades para mantener abierta la precaria comunicación.

—BUENOS DÍAS, DOCTORA CALVIN. ESTOY ENCANTADO DE PODER HABLAR CON USTED. —fue la respuesta del robot.

—¿Cómo te sientes? —insistió ella.

—NO DEMASIADO BIEN. NO VEO, NO OIGO, NO SIENTO. NO PUEDO GOBERNAR MI CUERPO. ME NOTO MUY EXTRAÑO.

Al contrario que un niño recién nacido, cuya mente era una pizarra en blanco, los cerebros positrónicos de los robots llevaban grabada toda la información necesaria para que pudieran desenvolverse sin problemas de ningún tipo ya desde el mismo momento de su activación. Y aunque los robots eran perfectamente capaces de aprender, y de hecho aprendían, el importante bagaje con el que iniciaban su existencia les permitía evitar las penosas etapas de adiestramiento que colapsaban los primeros años de vida de cualquier ser humano. Por esta razón no era de extrañar la perplejidad de un robot que se sentía incapaz de encuadrar sus conocimientos en un mundo exterior del que se encontraba totalmente aislado a excepción de la frágil conexión con la consola que manejaba Susan Calvin.

—Lo siento, Hamlet, pero existen ciertos problemas en tus circuitos periféricos que impiden mejorar tu interacción con el mundo exterior.

Nueva pausa, esta vez más prolongada.

—COMPRENDO. SOY LO QUE LOS HUMANOS LLAMARÍAN UN INVÁLIDO.

Susan Calvin se mordió los labios. Quizá no hubiera sido una buena idea activar este cerebro dañado; no podía evitar el pensar que quizá el robot sufriera al ver su discapacidad, y esto le parecía cruel. Pero ésta era su única oportunidad para resolver el problema, se dijo intentando autoconvencerse de que se trataba de un mal inevitable.

—Lo lamento, y celebro que lo entiendas. —Susan Calvin se sentía como una malhechora— Porque tú y yo tenemos bastante de qué hablar.

Fueron muchas las horas que pasó la robopsicólogo dialogando con el robot, tarea ésta necesaria puesto que deseaba repetir todas las pruebas realizadas con anterioridad a Hamlet-1 antes de seguir adelante con su investigación. Ello se debía a que consideraba imprescindible poder constatar que las reacciones de ambos eran idénticas como única manera de poder extrapolar los resultados obtenidos con el cerebro dañado a las posibles pautas de comportamiento del robot asesino.

Terminada esta primera etapa Susan Calvin pudo mostrarse satisfecha de los resultados: A excepción de algunas ligeras desviaciones sin importancia, Hamlet-0 había reaccionado significativamente igual que su malogrado hermano, lo cual le permitía poder seguir adelante con el experimento.

Comenzaba, pues, la verdadera prueba.

—Hamlet, te voy a hacer unas preguntas muy importantes. —tecleó— De tus respuestas depende el futuro de muchas personas.

—ENTIENDO, DOCTORA. DÍGAME QUÉ DESEA SABER.

—Antes de nada deseo hacerte una advertencia. A pesar de que las Tres Leyes que tienes implantadas en el cerebro son más flexibles que las de cualquier otro robot existente en estos momentos, quizá alguna de mis preguntas te pueda hacer entrar en conflicto con ellas. ¿Sabes cuáles podrían ser las consecuencias?

—POR SUPUESTO, DOCTORA. MI CEREBRO SUFRIRÍA DISFUNCIONES O INCLUSO PODRÍA RESULTAR DAÑADO.

—Exacto. Eso es lo que le sucedió a tu pobre hermano, —Susan Calvin había informado previamente al robot del incidente— y es lo que no quiero que te ocurra a ti. Ten muy en cuenta que, debido a tus limitaciones —había pensado decir "desgracia", pero se contuvo— careces por completo de la posibilidad de llevar a cabo tus decisiones. Tan sólo puedes pensar y comunicarme a mí tus pensamientos; por esta razón, nada de lo que digas podrá jamás causar el menor daño a nadie. Por lo tanto, no tiene por qué surgir el menor conflicto en tu cerebro, ni tienes por qué bloquearte por mucho que en un momento dado vinieras a tropezar con cualquiera de las Tres Leyes. Eres completamente libre, pues, de pensar y decir cualquier cosa que quieras. ¿Lo entiendes?

—PERFECTAMENTE, DOCTORA.

—Aún más. —remachó— Si tu cerebro resultara dañado de alguna forma, sería entonces cuando sí causarías unos problemas sumamente graves a muchas personas. Por ello, es fundamental que reflexiones antes de responder a todas mis preguntas sin inhibiciones de ningún tipo.

Lo que acababa de decir Susan Calvin era completamente cierto: De cómo respondiera el robot a sus preguntas dependería el futuro del proyecto Hamlet y también, en buena medida, la carrera profesional de sus integrantes. Susan Calvin no había mentido, pues, al robot, aunque sí había intentado reforzar sus mecanismos de autodefensa (es decir, el equivalente al instinto de conservación humano) para evitar que éste se sintiera perturbado como lo fue el de Hamlet-1. Para culminar con éxito su investigación la robopsicólogo necesitaba reproducir en Hamlet-0 la misma situación que había llevado a Hamlet-1 al asesinato primero y a la autodestrucción después, aunque claro está que, para que resultara efectivo, debería evitar que el cerebro positrónico del mismo sufriera los daños irreversibles que habían provocado la pérdida del cerebro del prototipo. La cuestión era sumamente delicada y sólo podría ser llevada a cabo con éxito por un robopsicólogo de la talla de Susan Calvin, y aun así las posibilidades de fracasar eran lo suficientemente elevadas como para hacer que la robopsicólogo se sintiera bañada en un sudor frío a pesar de la excelente climatización del laboratorio.

Por fortuna, las serias limitaciones físicas del cerebro positrónico de Hamlet-0 habían resultado ser una bendición, ya que si conseguía convencerlo de que, dijera lo que dijera, se trataría de una pura elucubración teórica sin posibilidad alguna de materialización práctica, quizá lograra evitar que éste entrara en conflicto con alguna de las Tres Leyes, como presumiblemente habría ocurrido con un cerebro normal. Se trataba, en definitiva, del viejo vicio humano que consistía en pontificar sobre temas en los que no se tenía la menor capacidad de decisión.

—Hamlet, escucha, ahí va la primera pregunta. —al teclear esta frase Susan Calvin descubrió con desasosiego que le temblaban las manos— Por mucho que reforzaras el potencial de la Segunda o la Tercera Ley, ¿podrías en algún caso eludir la Primera?

—POR SUPUESTO QUE NO, DOCTORA. —fue la rápida respuesta del robot— AUNQUE EN MI CASO PARTICULAR EL RANGO DE VARIACIÓN DEL POTENCIAL DE LAS TRES LEYES ES MUY AMPLIO, ÉSTOS NO SOLAPAN EN NINGÚN MOMENTO, Y EL VALOR MÁXIMO QUE PUEDE ALCANZAR UNO CUALQUIERA DE ELLOS ES SIEMPRE INFERIOR AL VALOR MÍNIMO DEL POTENCIAL DE LA LEY INMEDIATAMENTE SUPERIOR.

—¿Absolutamente en ningún caso?

—ABSOLUTAMENTE EN NINGUNO. NO EXISTE LA MENOR EXCEPCIÓN.

—Sin embargo, tu hermano Hamlet-1 mató a una persona... ¿Sabrías decirme por qué?

—LO SIENTO, DOCTORA, PERO IGNORO LOS MOTIVOS QUE PUDIERON EMPUJAR A MI CONGÉNERE A LLEGAR A ESA SITUACIÓN. PARA RESPONDERLE, NECESITARÍA SABER QUÉ OCURRIÓ PREVIAMENTE ENTRE ÉL Y EL INGENIERO SCHWARTZ.

Ojalá lo supiera yo. —pensó tristemente Susan Calvin.

—Bien, olvídalo. ¿Imaginas algún caso en el que un potencial excepcionalmente elevado de la Segunda o la Tercera Leyes hubiera podido empujar a tu hermano a matar al ingeniero Schwartz? —en realidad se trataba de la misma pregunta planteada de una forma diferente.

—VUELVO A INSISTIR EN QUE NO. —el robot no era tan fácil de engañar— POR ELLO, ERA DE ESPERAR QUE EL CEREBRO DE HAMLET-1 SUFRIERA UN COLAPSO; LO EXTRAÑO, ES QUE NO OCURRIERA ANTES DEL HOMICIDIO, SINO DESPUÉS... LE ASEGURO QUE NO LO COMPRENDO.

—Te voy a hacer otra pregunta. Imagina que de tu existencia dependiera la seguridad, incluso la vida, de muchas personas que morirían si tú desaparecieras. Si un humano intentara destruirte, ¿te defenderías para evitarlo? ¿Podrías llegar a causarle daño físico, incluso a matarlo, sabiendo que de ello dependía que no sufrieran daño estas personas? —Susan Calvin estaba rozando el borde mismo del precipicio.

—ME RESULTA SUMAMENTE DIFÍCIL RESPONDER A SU PREGUNTA. —fue la contestación de robot tras una pausa que se le hizo eterna— ¿CÓMO PODRÍA YO TENER LA CERTEZA DE QUE DE MI INTEGRIDAD FÍSICA DEPENDERÍA LA DE UNA O VARIAS PERSONAS? SIN EMBARGO, EL DAÑO QUE PUDIERA CAUSAR YO AL AGRESOR SÍ SERÍA REAL.

Susan Calvin frunció el ceño con rabia. El robot estaba resultando ser mucho más sutil de lo que ella hubiera deseado, ya que evitaba chocar con los obstáculos que le interponía sorteándolos con una notable habilidad.

—Supongo que porque te lo habrían dicho. —era lo único que se le ocurrió responder.

—LAMENTO DECIRLE QUE LAS AFIRMACIONES DE LOS HUMANOS NO SIEMPRE SON COMPLETAMENTE OBJETIVAS. —ésta era la diplomática manera de la que Hamlet-0 se sirvió para insinuar que la gente mentía— POR LO TANTO, NUNCA PODRÍA ESTAR ABSOLUTAMENTE SEGURO DE QUE ESTO FUERA CIERTO.

—Pero si tú supieras con absoluta certeza que tu existencia era fundamental para el futuro de la humanidad, —insistió con irritación— ¿cómo reaccionarías?

—LA PRIMERA LEY ES SIEMPRE MÁS IMPORTANTE QUE CUALQUIERA DE LAS OTRAS DOS. —respondió el robot sin titubear— COMO CONSECUENCIA, ABSOLUTAMENTE EN TODOS LOS CASOS CUALQUIER VIDA HUMANA HABRÍA DE TENER PRIORIDAD SOBRE MI PROPIA EXISTENCIA.

—¿Sin ninguna excepción?

—SIN NINGUNA EXCEPCIÓN.

Bien, —se dijo Susan Calvin tomándose un ligero respiro— Al menos esto confirma mi opinión inicial de que Hamlet-1 jamás habría podido matar a Schwartz en defensa propia; la Tercera Ley, aun en el caso de estos robots, sigue estando estrechamente subordinada a la Primera".

Esta conclusión cerraba definitivamente una de las principales vías que había seguido su razonamiento, pero no necesariamente iba a abrir una nueva. Si la Primera Ley continuaba siendo omnímoda sobre las dos restantes, si en ningún caso el robot podía violarla merced a un reforzamiento de las otras, ¿cómo se explicaba entonces que un robot hubiera podido matar a una persona?

De repente se le ocurrió una idea. Era arriesgada, muy arriesgada, y suponía jugárselo todo a una carta; pero sólo así conseguiría salir, si tenía suerte, del atolladero en el que se encontraba atrapada. Armándose de valor formuló al fin la pregunta, directa y concisa, que le permitiría resolver el problema o que, por el contrario, la llevaría al fracaso definitivo.

—Hamlet, respóndeme a esto. Bajo alguna circunstancia, fuera ésta la que fuera, ¿serías capaz de matar a una persona?

La respuesta del robot llegó tras varios minutos de reflexión, los cuales le habrían de parecer siglos a ella. Ésta no podía ser más escueta:

—SÍ.

—Explícamelo con detenimiento. —concluyó la robopsicólogo jefe, descubriendo con alivio que había triunfado.

—Bien, cuéntenos. —Alfred Lanning mostraba bien a las claras su inquietud— Estoy impaciente por conocer los resultados de su investigación. ¿Qué ha descubierto?

—Lo que ya suponíamos desde el principio. —respondió Susan Calvin sin mostrar demasiado interés en mostrar todavía sus cartas— Hamlet-1 no violó la Primera Ley de la Robótica por culpa de un reforzamiento de la Segunda o la Tercera.

—Sin embargo, habiendo un homicidio por medio, es evidente que de una u otra manera la Primera Ley fue violada. —insistió de nuevo Lanning— Por lo tanto, mi pregunta es la siguiente: ¿Qué movió a Hamlet-1 a asesinar a Schwartz?

—Es difícil responder a su pregunta sin antes explicar las circunstancias tan singulares en las que el robot se vio envuelto. —masculló ésta— Al matar a Schwartz, Hamlet-1 violó ciertamente la prohibición de causar daño a un ser humano, pero estoy en condiciones de afirmar que lo hizo obligado por la propia Primera Ley y no por la Segunda o la Tercera como hubiera podido suponerse en un principio; esto fue precisamente lo que nos desorientó. De hecho, el pobre robot se vio atrapado en un auténtico dilema: La Primera Ley le obligaba a matar, pero al mismo tiempo esa misma Primera Ley le prohibía hacerlo. Dadas estas circunstancias, las consecuencias no pudieron ser otras que las que fueron.

—¿Cómo dice?

—Es sencillo de explicar. —intervino de nuevo la robopsicólogo— En cualquier robot convencional, la inflexibilidad de la Primera Ley hace que todos los humanos seamos para él exactamente iguales sin que le sea posible discriminar entre el más excelso filántropo y el más abyecto criminal. Para los Hamlet, por el contrario, las personas no sólo son distintas sino también mejores o peores... Siguen teniendo, por supuesto, la más absoluta prohibición de causar el menor daño a nadie, pero su propia libertad de opinión es asimismo la trampa mortal que les puede llegar a atrapar sin posibilidad alguna de escapatoria, tal como le ocurrió al pobre Hamlet-1.

—Una interesante sutileza... —interrumpió Lanning— Que puede llegar a ser peligrosa.

—¿Por qué? Al fin y al cabo, es lo que hacemos continuamente los humanos. Los grandes principios filosóficos que afirman que todos somos iguales y todos tenemos los mismos derechos y obligaciones, serán correctos y adecuados desde el punto de vista político, pero chocan continuamente con la realidad cotidiana. No, no me he vuelto fascista de repente, ni lo he llegado a ser nunca; simplemente estoy hablando de las simpatías y las antipatías personales que son las responsables de nuestras relaciones sociales. Desde el momento que elegimos a nuestros amigos, ¿no estamos discriminando a quienes no lo son? Si un compañero de trabajo, o un vecino, nos cae especialmente mal y rehuimos su compañía, ¿acaso no es discriminación? Si el señor Jiménez, —dijo refiriéndose a éste, que hasta entonces había permanecido en silencio— tuviera a dos muchachas interesadas en mantener relaciones con él y eligiera a una de ellas por compañera, ¿no estaría discriminando a la segunda?

El ingeniero, que permanecía soltero a pesar de haber alcanzado ya la cuarentena, enrojeció visiblemente. No obstante, y a pesar de su notoria turbación, fue capaz de responder a la comprometida pregunta pensando para sí que con una sola se hubiera dado por más que satisfecho.

—Doctora, creo que aquí está usted equivocada. A cualquiera que le plantee esta pregunta le contestará que no se trata de ninguna discriminación, ya que no se violan los derechos de ninguna persona. Tan sólo se trata de la libertad de elección de la que todos gozamos.

—Exacto. Ahí era exactamente a donde quería llegar yo, y me alegro que haya sido usted quien me haya dado la respuesta. Si no disfrutáramos de ese libre albedrío al que ha hecho usted alusión, nuestra existencia sería particularmente incómoda cuando no decididamente estúpida... Pero pasemos al caso de los robots. Puede que en general importe muy poco, o nada, que éstos puedan estar insatisfechos por las enormes limitaciones que les hemos inculcado en sus cerebros con la excusa del acatamiento por su parte de las Tres Leyes de la Robótica; pero lo que sí tendría que preocupar a cualquiera que contara con un poco de sentido común es que, como consecuencia de estas cortapisas, el rendimiento que obtenemos de los mismos es muy inferior al que teóricamente se habría podido alcanzar de dejar más libres sus mentes.

»Y aquí precisamente es donde radica el problema: La rigidez de las Tres Leyes tradicionales hace que los robots estén completamente limitados en su potencial de trabajo. Evitar, o minimizar al menos esta infrautilización fue la idea que desencadenó el desarrollo del Proyecto Hamlet, y me honra decir que desde este punto de vista fue un auténtico éxito. Claro está que todo beneficio ha de tener siempre su contrapartida, y este caso no ha sido en modo alguno una excepción: Si queríamos robots más flexibles, más humanos en definitiva, robots capaces de desempeñar tareas que hasta ahora habían tenido vedadas, por fuerza tendríamos que darles una libertad de pensamiento mucho mayor de la que siempre habían tenido. Y, puesto que nuestra sociedad es profundamente desigual en todas y cada una de sus facetas, sólo permitiéndoles que fueran conscientes de estas desigualdades podríamos conseguir que los resultados fueran positivos.

—Todo eso está muy bien sobre el papel, doctora Calvin, pero me temo que el libre albedrío del que gozaba Hamlet-1 resultó en la práctica excesivo... No se puede dejar que vaya suelto por ahí un robot capaz de matar a la gente, por mucho que usted afirme que la intangibilidad de la Primera Ley estaba completamente a salvo... Por cierto, le recuerdo que sigue sin responder a mi pregunta.

—Doctor Lanning, ¿mataría usted a alguien?

—¿Yo? ¡Por supuesto que no! Esto es algo completamente absurdo. —la inesperada pregunta le había cogido completamente desprevenido.

—¿Ni tan siquiera si de ello dependiera la salvación de su propia vida? Imagínese que un psicópata le va a asesinar y nadie puede ayudarle; sólo puede evitarlo descerrajándole un tiro. ¿Lo haría?

—Eso sería defensa propia. —farfulló confundido— Pero no creo que sea éste el caso; usted misma ha dicho que Hamlet-1 no violó la Primera Ley empujado por su instinto de conservación, es decir, la Tercera, por lo que cabe suponer que se hubiera dejado destruir por Schwartz antes que matar a su agresor. ¿me equivoco, señor Jiménez?

—¿Eh? —preguntó éste saliendo momentáneamente de su mundo interior— No, no se equivoca; en este aspecto particular Hamlet-1 se hubiera comportado exactamente igual que cualquier robot convencional.

—Exacto. —respondió una exultante Susan Calvin— Veo que van siguiendo mis razonamientos. Nunca un conflicto entre la Primera y la Tercera Leyes, o entre la Primera y la Segunda, hubiera podido conducir al... incidente que nos ocupa, aunque supongo que estarán de acuerdo conmigo en que hubiera sido preferible salvar la vida al robot antes que al sinvergüenza de Schwartz. No, no van por ahí los tiros. Como ya he dicho antes, sólo un conflicto de la Primera Ley consigo misma es capaz de explicar lo ocurrido. No en el caso de un robot normal, por supuesto, ya que como sabemos para él todas las personas son exactamente iguales; pero sí si nos encontráramos con un prototipo experimental como Hamlet-1. Enfrentado a una situación en la que no pudiera impedir que alguien muriera pero en la cual, dependiendo de su decisión, el fallecido fuera una u otra persona, nuestro robot sería perfectamente capaz de decidir cuál de ellas era más merecedora de salvarse, obrando en consecuencia... Exactamente igual que lo haríamos cualquiera de nosotros, pero con un grado de objetividad infinitamente mayor.

—¡Un momento! —le interrumpió Lanning visiblemente alterado— ¿Insinúa usted que Hamlet-1 mató a Schwartz para evitar de esta manera que muriera otra persona?

—Caliente. —la normalmente adusta Susan Calvin se estaba permitiendo el lujo de sonreír.

—Esta es una afirmación extremadamente delicada. —insistió éste— ¿En qué se basa usted para sostenerla?

—En las conversaciones que mantuve con un cerebro positrónico, similar en todo al de Hamlet-1, que conseguimos escamotear a los buitres del gobierno. Sí, ya sé que tendré que darle explicaciones por ello; —añadió al ver cómo su jefe directo fruncía el ceño— pero ahora déjeme explicarle los resultados.

»Cuando tras cerciorarme de que sus pautas de pensamiento eran en todo similares a las del robot destruido, le pregunté finalmente si en alguna circunstancia sería capaz de matar a un ser humano. Su respuesta fue que sí lo haría si con ello lograba salvar la vida a otro ser humano de superior valía. Creo, doctor Lanning, que con esto queda suficientemente aclarado lo que pasó.

»Claro está que, a pesar de todo, el conflicto moral sería tan fuerte que el cerebro positrónico sería incapaz de soportar la tensión y se autodestruiría inmediatamente después, como le ocurrió al pobre Hamlet-1. Y si el hermano suyo que me puso tras la pista no sufrió la misma suerte, se debió únicamente a que se trataba de un cerebro aislado que por estar dañado nunca se podría instalar en un cuerpo completo. La certeza de que debido a su minusvalía nada de lo que dijera podría ser llevado a la práctica, junto con el necesario reforzamiento psicológico al que previamente le sometí, fue lo único que impidió que este cerebro positrónico sufriera la misma suerte de Hamlet-1... aunque a pesar de todo, el pobre lo pasó realmente muy mal.

—¿Y quién era esa otra persona amenazada de muerte? —preguntó a su vez el ingeniero— ¿Cuál era su relación con Schwartz?

—¿No lo adivina, Jiménez? Esa persona era usted.

Si una bomba hubiera caído en ese momento en mitad de los presentes el efecto no hubiera sido mayor. Lanning se puso pálido como la cera mientras Jiménez, por el contrario, enrojecía alarmantemente. Mientras tanto, Susan Calvin se divertía mirando los rostros convulsos de uno y de otro.

—¡Eso no puede ser! —balbuceó este último, presa de una gran excitación— Schwartz me chantajeó, eso es cierto... —demasiado tarde se dio cuenta de que había hablado de más ante Lanning— Pero no creo que se hubiera atrevido a llegar tan lejos como para asesinarme; además, eso no le hubiera servido para nada salvo para convertirlo en el principal sospechoso del asesinato.

—Señor Jiménez, cuando terminemos de hablar tendré sumo gusto en pedirle que me informe acerca de ese chantaje que hasta ahora desconocía. —Alfred Lanning había recobrado el dominio de la situación— Mientras tanto, doctora Calvin, amén de que me debe también una explicación como muy bien usted misma ha dicho, permítame decirle que encuentro un punto débil en su argumentación: Aunque no sea robopsicólogo, mis conocimientos me permiten afirmar que para que la circunstancia que usted ha apuntado pudiera llegar a darse, serían necesarias dos condiciones. Primero, que el robot se encontrara físicamente en el lugar y en el mismo momento en el que Schwartz hubiera pretendido asesinar a Jiménez; y segundo, que en estas circunstancias el robot habría optado por inmovilizar al agresor produciéndole el menor daño posible, pero nunca lo habría matado. Y que yo sepa ninguna de estas dos circunstancias se dieron dado que el señor Jiménez, según su propia versión, se encontraba descansando en su habitación en el momento en el que tuvo lugar el incidente. ¿O no fue así?

—Fue exactamente como dije. —farfulló el aludido sintiendo cómo una oleada de frío le recorría el cuerpo— Nada tuve que ver en este asunto, del cual no me enteré hasta la mañana siguiente.

—Doctor Lanning, no sea ingenuo y deje de sospechar del pobre Jiménez. —terció Susan Calvin— En ningún momento he dicho que la amenaza de muerte de Schwartz a Jiménez fuera física.

—Ahora sí que no lo entiendo.

—Piense con lógica. El comportamiento que usted ha descrito sería el de un robot convencional, pero no el de un Hamlet. Centrémonos en el momento en el que Schwartz irrumpió en el cuarto donde estaba encerrado el robot. ¿Qué se le ocurre que podría estar haciendo allí?

—¿Destruir al robot?

—No, puesto que éste no se hubiera resistido debido al mandato de las Tres Leyes. De haberlo querido dañar, Schwartz lo hubiera podido hacer con completa impunidad. En realidad, lo que pretendía hacer era sabotearlo de una manera sumamente sutil y taimada; nada lograba destruyendo al robot puesto que entonces sería construido otro prototipo, pero sí que podría haber conseguido su meta, que no era otra que desplazar a Jiménez de la jefatura, provocando en Hamlet-1 una disfunción mental que sólo él mismo sería capaz de reparar... Después de haber sido designado jefe del proyecto, por supuesto.

—Y a todo esto, ¿qué pinto yo aquí? —preguntó Jiménez completamente perplejo— Encuentro verosímil la idea de que provocando un mal funcionamiento de Hamlet-1 Schwartz pudiera conseguir mi destitución para ocupar él mi puesto, pero no veo qué relación puede haber con mi presunta muerte evitada según usted por el robot.

—Señor Jiménez, si usted quisiera sabotear al robot provocándole un mal funcionamiento pero sin producirle ningún daño físico irreversible, ¿qué haría?

—Supongo que trataría de volverlo loco.

—Exacto. Eso es lo que intentó hacer Schwartz. Para un robopsicólogo experto —al llegar a este punto Susan Calvin sonrió imperceptiblemente— sería relativamente fácil encerrar a un robot en un círculo vicioso del que no pudiera salir sin violar por algún lado cualquiera de las Tres Leyes, lo cual le acarrearía serios trastornos mentales... Y si fuera además lo suficientemente hábil, podría posteriormente devolverlo a la normalidad.

»Pero ocurrió que ni Schwartz era demasiado experto, ni Hamlet-1 era un robot normal. Ignoro, por supuesto, qué le pudo decir exactamente Schwartz al robot, pero sólo hay una cosa capaz de explicar la reacción posterior de Hamlet-1. Como ya he indicado antes, en un momento dado el robot debió de llegar al convencimiento de que el triunfo de Schwartz implicaba forzosamente la muerte de Jiménez. No se trataba, evidentemente, de una amenaza física puesto que Jiménez no se encontraba allí y, de haber estado, al robot le hubiera resultado fácil neutralizar al agresor sin necesidad de recurrir a medidas violentas. En esto, doctor Lanning, tenía usted toda la razón.

»En realidad el peligro era mucho más sutil y nada podía hacer el robot por evitarlo salvo atacando a Schwartz; o al menos, así lo creyó. Por lo que yo sé, entre sus múltiples defectos Schwartz contaba con una insufrible fanfarronería; y, o mucho me equivoco, o fue esta misma fanfarronería la que le perdió. No es difícil imaginar que, al no poderlo hacer frente a ninguna persona, Schwartz se pavonearía ante Hamlet-1 de su triunfo sobre usted, Jiménez, al arruinarle la carrera. Como buen fanfarrón cargaría las tintas imaginándolo sin trabajo, sin ideales y... —aquí Susan Calvin dio una ligera inflexión a la voz— sin ganas de seguir viviendo.

—¡Pero eso no es cierto! —exclamó escandalizado el ingeniero— Suponiendo que las cosas hubieran sido como Schwartz planeaba, yo nunca me habría suicidado.

—Probablemente no; —concedió Susan Calvin— aunque esto es algo de lo que nunca podremos estar seguros no con usted, sino con nadie. Lo que es cierto, y nuestro robot debía de saberlo, es que usted tiene una clara tendencia a la depresión. Este hecho unido a las fanfarronadas de Schwartz debieron de convencer a Hamlet-1 de que, si le dejaba libre, su rival se saldría con la suya y usted acabaría suicidándose al no poder soportar su fracaso. Sí, ya sé que probablemente esta situación no se hubiera dado en la realidad, pero eso Hamlet-1 no lo sabía, por lo que obró en consecuencia.

—Lamento decirle, doctora, que encuentro su razonamiento un tanto... alambicado. —protestó Jiménez.

—¿Alambicado? Bien, entonces búsqueme alguna otra hipótesis que sea capaz de explicar lo ocurrido. —retó ella— Pero recuerde que el robot asesinó a Schwartz porque estaba plenamente convencido de que sólo de esta manera podría salvar otra vida que para él era más valiosa... La suya.

—Bien. —confesó finalmente el ingeniero tras una breve reflexión— Reconozco que soy incapaz de rebatir su teoría, pero eso no quiere decir que esté de acuerdo con ella.

—Señores, seamos prácticos. —interrumpió el hasta entonces silencioso Lanning mostrando evidentes signos de impaciencia— En estos momentos lo único que realmente importa es que salvemos el escollo de la investigación gubernamental, y para ello es fundamental que podamos contar con una explicación lo suficientemente verosímil que además consiga dejar a salvo los intereses de U.S. Robots. Creo que la teoría de la doctora Calvin puede resultar efectiva, por lo que les pido de le den forma de informe oficial etcétera, etcétera, etcétera.

—Pero, ¿y el Proyecto Hamlet? —protestaron ambos a un tiempo.

—El Proyecto Hamlet ha muerto; —respondió Lanning con suavidad— y bastante logro será que ninguno de nosotros vea menoscabada en un futuro su... situación profesional. Les puedo anticipar, oficiosamente por supuesto, que nuestra continuidad en U.S. Robots dependerá de que el gobierno olvide todo lo ocurrido en el Proyecto Hamlet de forma que el fracaso del mismo no afecte al porvenir de la compañía. Así pues, en sus manos lo dejo.

Susan Calvin y Antonio Jiménez nunca sabrían si Lanning hablaba realmente en serio o si, por el contrario, les había mentido deliberadamente para forzarles a actuar como si la amenaza fuera real; pero lo cierto fue que éstos actuaron como si la primera de las dos hipótesis fuera la verdadera.

Para sorpresa de ambos el inspector gubernamental se mostró completamente abierto a una solución del tipo de la apuntada por Lanning: Cancelación absoluta e inmediata del Proyecto Hamlet a cambio de dar carpetazo oficial al asunto. Teniendo en cuenta que existía también una clara responsabilidad gubernamental al haber autorizado el desarrollo del proyecto, no era de extrañar que el gobierno pretendiera silenciar un incidente que en nada le vendría a beneficiar si éste llegaba a hacerse público. Obligado a mantener un difícil equilibrio entre la necesidad imperiosa que la Tierra tenía del trabajo de los robots por un lado, y el acendrado sentimiento antirrobótico de gran parte de la población del planeta por otro, el gobierno optó por la única solución que podía impedir que este equilibrio saltara en pedazos: Silenciar el incidente de modo que nunca se llegara a saber lo ocurrido. Por su parte este acuerdo también resultaba ser sumamente positivo para U.S. Robots, que veía desaparecer los sombríos nubarrones que se habían estado cerniendo sobre ella sin más sacrificio por su parte que la renuncia a un proyecto experimental de más que dudosos beneficios prácticos.

Estando como estaban ambas partes implicadas de acuerdo, el resto fue ya sencillo: La muerte de Schwartz fue calificada oficialmente de "accidente de laboratorio" y, al no existir ni parientes ni personas allegadas al mismo que hubieran podido plantear algún tipo de reclamación judicial, el incidente que se saldara con su fallecimiento quedó de esta manera legalmente zanjado. Los integrantes del Proyecto Hamlet fueron dispersados por los distintos centros de producción e investigación propiedad de la todopoderosa compañía, todos ellos acompañados por una substancial mejora de su categoría profesional junto con la recomendación explícita de que se olvidaran del asunto.

Susan Calvin continuó trabajando en sus tareas habituales mientras Jiménez, por último, era promovido a un alto cargo ejecutivo de gran consideración dentro del organigrama interno de U.S. Robots, cargo que le mantendría cuidadosamente alejado de todo cuanto pudiera suponer el menor contacto con el diseño y desarrollo de robots. Aparentemente también había sido olvidado, tanto por parte de la policía como de la propia compañía, su antiguo desliz merced al cual le hubiera chantajeado Schwartz; al fin y al cabo había pasado mucho tiempo desde entonces y a nadie le interesaba volverlo a recordar... A nadie, y mucho menos por supuesto al propio interesado.

—Me han convertido en un ejecutivo. —se lamentaba Antonio Jiménez en su despedida de Susan Calvin— Han triplicado mi sueldo y me han dado un puesto de relumbrón por el que más de uno mataría a su propio hermano, pero con ello impiden que toque a un solo robot.

—Es el precio que tenemos que pagar por el éxito del Proyecto Hamlet. —suspiró Susan Calvin con la mirada perdida en el fondo de su vaso.

—¿Cómo puede hablar usted de éxito ante la magnitud de nuestro fracaso?

—Porque lo fue. Si hubiéramos fallado, ¿cree usted que estaríamos todavía aquí? No, la idea original de construir un robot con una mente más flexible y humana no pudo ser más exitosa. Pero nadie, ni la compañía ni por supuesto mucho menos el gobierno, podía consentirlo.

—Hubo un muerto por medio...

—¿Y qué? ¿Cuántas personas mueren todos los días en accidentes de trabajo y nadie se preocupa por ellas?

—Pero lo mató un robot. —insistió el ingeniero.

—Eso resulta irrelevante. Puede que el vulgo sienta un temor estúpido e injustificado ante cualquier hipotética agresión por parte de un robot, pero eso no ha contado en absoluto en la decisión de cancelar el proyecto. Los robots Hamlet eran seguros, infinitamente más seguros que cualquier ser humano. Ni usted ni yo, ni nadie en todo el planeta, estamos libres de sufrir una enajenación mental transitoria que nos empuje a agredir a cualquiera... Y somos, además, completamente imprevisibles en nuestro comportamiento. Un robot, por el contrario, es absolutamente lógico y racional en sus reacciones, y le puedo asegurar que en el caso de que un robot agrediera o matara a un ser humano, este acto estaría completamente justificado, tal como ocurrió con el miserable Schwartz.

—Sí, pero...

—No hay peros que valgan. —zanjó la robopsicólogo con brusquedad— Para el gobierno y para la compañía lo peligroso no era que los robots pudieran llegar a causar daño físico a un ser humano; con el nivel de violencia existente en nuestras grandes ciudades, tal riesgo resultaría irrelevante. No. —continuó— Lo peligroso de Hamlet, lo intolerable, era que este robot fuera capaz de discriminar entre los seres humanos asignando a cada uno de nosotros nuestra verdadera valía... Jamás podrían consentir ninguno de los dos que un robot se erigiera en el juez más justo e inflexible de la historia, en alguien en definitiva que tuviera el poder de cuestionar, sin más argumento que la razón, toda la subjetividad con la que los humanos nos arropamos para mostrarnos más importantes de lo que en realidad somos. Por esta razón los Hamlet eran peligrosos, muy peligrosos, y por ello debían desaparecer.

—Puede que usted tenga razón. —musitó Jiménez.

—La tengo. —sentenció ella— Un robot sin trabas mentales de ningún tipo, sin más Ley de la Robótica inculcada en su cerebro que una que dijera "Déjate guiar siempre por tu conciencia", sería infinitamente superior a cualquier ser humano al gozar de sus mismas posibilidades estando libre por completo de sus limitaciones y defectos. Por esta razón hacen falta las Tres Leyes, por esto es necesario que sean tan rígidas e intocables que incluso una ligera flexibilización de las mismas convirtió al pobre Hamlet en algo intolerable para una humanidad que no está dispuesta a permitir que se cuestione, siquiera mínimamente, el sacrosanto principio del antropocentrismo.

—Es triste. —suspiró el ingeniero— Es triste comprobar cómo tus esfuerzos no han servido para nada, cómo tu trabajo se ha desvanecido para siempre.

Susan Calvin asintió mudamente con la cabeza. El gobierno había requisado y destruido, o al menos había hecho desaparecer, todo cuanto tuviera que ver con el Proyecto Hamlet: El segundo cerebro positrónico que no había llegado a ser activado, la ingente cantidad de documentación que el proyecto había generado... Todo, absolutamente todo excepto el cerebro inválido, aquél que bautizado por ella como Hamlet-0 le había ayudado a resolver el problema.

Éste era su gran secreto, un secreto que ni tan siquiera el propio Jiménez sabía; solamente Alfred Lanning, además por supuesto de la propia Susan Calvin, era conocedor de esta pequeña e inofensiva trampa. Era el precio a pagar que Susan Calvin había exigido por su silencio y Lanning, el rígido e inflexible Lanning, había accedido a ello asumiendo toda la responsabilidad en el poco probable caso de que su desobedecimiento fuera finalmente descubierto. Al fin y al cabo el dañado cerebro nunca podría ser instalado en el cuerpo de un robot, por lo que jamás tendría por qué crear el menor problema.

Por esta razón Alfred Lanning había consentido en ello. Unos técnicos anónimos habían desconectado el cerebro positrónico sin saber lo que era, y otros técnicos distintos lo habían instalado en un pequeña maletín que Susan Calvin podía transportar con toda facilidad a donde ella quisiera. Conectándolo con cualquier terminal informático la robopsicólogo dispondría de esta manera de un cerebro positrónico único con el que dialogar e investigar, lo cual era al fin y al cabo lo único que a ella le importaba.

Lo que ni siquiera Lanning sabía, ni llegaría nadie a saber jamás, era que además de un objeto de estudio Susan Calvin había encontrado por fin un verdadero amigo.

© José Carlos Canalda
Publicado originalmente en El Sitio de Ciencia Ficción
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